Premio al Mejor Relato de la Memoria
En los veranos mi abuela chorera hacía y reparaba colchones de lana. Abría una boca por un costado, sacaba, lavaba, cardaba y apaleaba la lana dejándola como nubecitas. Cambiaba y reparaba los cotis floreados, rellenaba manteniendo el capitoné para lograr el mejor mullido. Un día mi abuela se enfermó gravemente y debí cuidarla una semana. Antes de morir me contó que los malos espíritus quedaban atrapados en los libros de lana, que se desatan las amarras para dejarlos ir y se hacen nuevas amarras para atrapar los buenos. Ahora duermo con su espíritu en el mejor colchón de lana mullida.
José Rodríguez Deij, 68 años, Renaico.
Ilustración: Francisca Fuenzalida (@kika_canika)

